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Desde Parapara hasta París: la ruptura de Crespo con Guzmán

Pedro Carrasco Lince

Autor

Crespo y Guzmán creador pos la IA Midjourney. Fondo creado por Leonardo.

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Joaquín Crespo y Antonio Guzmán Blanco fueron aliados durante casi 30 años, desde la Guerra Federal hasta el conflicto por la sucesión presidencial de 1888. En esas tres décadas formaron un vínculo de amistad política, confianza y admiración, logrando un dúo clave para el devenir del Partido Liberal.

Joaquín Crespo nació en San Francisco de Cara (1841), un pueblo que desapareció bajo las aguas por la construcción del embalse de Camatagua (1969), en el actual estado Aragua. Parte de su juventud la vivió en otra población rural, Parapara de Guárico, donde comienza un rápido ascenso militar de soldado raso a general de Brigada.

En paralelo, el “doctorcito” caraqueño con influencias aristócratas, Guzmán Blanco, iba ganando respeto entre los recios hombres del llano, hasta convertirse en el segundo al mando, después del mariscal Juan Crisóstomo Falcón. Mientras que José Antonio Páez, en el llamado bando conservador, sería desplazado del liderazgo nacional, luego de su amplia carrera política y castrense.

Fue una lucha generacional e ideológica que perfiló a Guzmán Blanco como el próximo estadista de la hegemonía liberal, quien tenía otra visión de progreso por su experiencia diplomática en Estados Unidos y Europa.  También era notoria su formación intelectual como doctor en Jurisprudencia y la admiración hacia París, modelo para el desarrollo venezolano.        

Joaquín Crespo ocupó diversos cargos en la administración pública, desde diputado regional en Guárico hasta ministro de Guerra y Marina. Mostró su fidelidad absoluta al liderazgo de Guzmán Blanco, aprendiendo de él casi todo, pero desarrollando también sus talentos personales en la experiencia del poder.  

Hay un hecho clave en esta relación. Después de la primera presidencia de Guzmán Blanco, el sucesor fue el general Francisco Linares Alcántara, quien no mantuvo la fidelidad política e inició una reacción contra su ex aliado liberal. En ese contexto, Crespo se atrinchera en Guárico y luego sale al exilio hacia Trinidad.

Después viaja a París para reunirse con Guzmán Blanco, afirman su alianza y conoce una gran ciudad que contrasta con la sencillez del ambiente llanero. Este período de adversidades fue, quizás, un momento clave para entender la admiración de Crespo por la estética y grandes obras, que luego empezaría a construir en Venezuela.

La gran ruptura liberal       

Luego de esta mala experiencia con Linares Alcántara, Guzmán Blanco tomó las previsiones para evitar una segunda ruptura y mantener la continuidad del ambicioso plan de modernización, caracterizado por proyectos como capitolios, teatros, plazas, templos, museos, universidades, colegios y ferrocarriles.

Postulado como candidato, Crespo es elegido por el Consejo Federal para la Presidencia de Venezuela (1884-1886) y según previo acuerdo, le devuelve el poder a Guzmán Blanco, quien llega otra vez desde París para la Aclamación (1886-1888), sin embargo, antes de culminar dicho período el Ilustre Americano renuncia al cargo y vuelve a su adorada capital francesa.  

Aquí comienza el viacrucis de esta larga relación. Astuto y desconfiado, Guzmán Blanco todavía no quiere realizar el traspaso absoluto de su liderazgo al fiel Crespo (12 años menor que él). “Ni soy Páez, ni usted Soublette” le dijo al subalterno, quien intentó plantear una fórmula parecida para la estabilidad del poder.         

Al contrario, decide escoger a un civil: el abogado Juan Pablo Rojas Paúl (albacea de la familia Guzmán) como el sucesor presidencial, quien, para las contradicciones históricas, terminará organizando la ruptura definitiva con el guzmancismo. En el contexto de este conflicto, quedó para la historia una famosa carta de Crespo:

 “Tomamos caminos distintos y el porvenir dirá quién ha errado. En cierta época, que le confieso me causa emoción recordar, me regaló usted una espada que creí poder transmitir a mis hijos como timbre de orgullo para ellos. Le dije entonces que aquella espada no se desenvainaría sino en el servicio de la causa y en defensa de usted, que era para mí en aquella época de ardiente fe y ciega confianza, el dios tutelar de la Patria. Reiterando a usted las gracias por la distinción que entonces merecí, devuelvo a usted dicha espada, para empuñar en su oportunidad la que me dé el pueblo de Venezuela con el fin de defender sus instituciones y su libertad”.

Continuidad sin alianza

Joaquín Crespo empezó a conspirar contra los gobiernos de Rojas Paúl y Andueza Palacio, hasta que en 1892 logra tomar la Presidencia con un liderazgo propio; pero llama la atención que en materia de obras públicas continuó, en cierta forma, tratando de mejorar las políticas de Guzmán Blanco.

En el Panteón Nacional, realizado por su antiguo mentor, Crespo ordenó realizar esculturas majestuosas para las tumbas y cenotafios de Juan Crisóstomo Falcón, Ezequiel Zamora, José Gregorio Monagas, Francisco de Miranda y Antonio José de Sucre. De igual manera, se mantienen las concesiones para construcción de ferrocarriles (Caracas-Valencia y Táchira-Zulia), con el objetivo de consolidar las líneas nacionales, pero ampliando las deudas del Estado en estos proyectos costosos.  

En el Paseo Guzmán Blanco de El Calvario (ahora llamado Independencia), se levanta el Arco de la Federación, inspirado en el Arco del Triunfo de París, pero a menor escala.  En Puerto Cabello se inaugura el monumento para conmemorar a los fallecidos durante la primera invasión de Miranda, conocido como “Plaza El Águila”, que realmente muestra a un cóndor con las alas abiertas (símbolo de libertad), realizado en la capital francesa por la Fundición de los Hermanos Thiébaut.       

En paralelo, Crespo avanza en la ejecución de dos proyectos privados para su familia.  La Villa Santa Inés, actual sede del Instituto del Patrimonio Cultural, incluía un arco (inconcluso) que buscaba sorprender a los visitantes como entrada protocolar y celebraba una victoria de la Guerra Federal. Mientras que Miraflores, ante las deudas de los herederos, luego de su muerte en batalla (1898), fue comprado posteriormente por el presidente Juan Vicente Gómez como palacio presidencial del Estado.  

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